Desde muy pequeña, Katy, nunca fue una gatita muy
querida, sus dueños la trataban bastante mal, no era excusa que fueran unos
niños. El problema era que eran unos niños bastante malos y traviesos y le
hacían miles de travesura a la pobre gata, al principio eran bromas inocentes,
pero con los años...
Cualquier defensor de los gatos no hubiera aprobado
semejante trato, pues aun siendo un animal se merecía un trato de respeto. Por
eso la pobre Katy vivió sus primeros años atemorizada, hasta que un día se
reveló. Harta de palizas y malos tratos saco sus uñas de felina y se lanzó a
defender su vida, sin embargo aquello empeoró las cosas. Pero aquella fue la
última vez que le levantaron la mano, sobre todo porque la dejaron en la calle
abandonada.
De pronto se encontró sola y sin cobijo, sin rumbo
alguno empezó a caminar, no sabía el camino de vuelta. Tampoco quería volver,
así pues, feliz y meneando su rabo continúo su camino.
Toda esa felicidad, se fue transformando en tristeza
y soledad, en hambre y cansancio. Esto último si lo podía, solucionar encontró
un rincón apartado junto unos cubos de basura, de un certero salto se subió y
echo a descansar. Pero pronto se dio cuenta que no estaba sola, había otros
gatos callejeros y para ellos, su presencia no era grata, todo lo contrario,
estaba invadiendo su territorio. Así pues, decidió que quizás era mejor buscar
otro lugar.
Camino de su soledad, aquella gata caminaba con la
cabeza agachada mirando al suelo y el rabo caído. Denotaba tristeza sin duda
alguna, pero no le importaba cualquier cosa antes que volver a recibir otra
paliza de sus amos. Caminando iba cuando para su desgracia se topó con un
grupo de chavales, un grupo de conflictivos chavales. Se paró en seco los miro
y antes que pudiera darse la vuelta y salir corriendo la atraparon, le hicieron
mil perrerías, ni a un insecto se le hubiera tratado tan mal, maullaba,
gritaba, pero solo recibía dolor. En un arrebato de coraje, saco sus uñas y le
araño toda la cara a uno de sus captores, salió mal herida y corriendo. Pero
seguía viva.
Horas más tardes, se encontró con una anciana, que le dio algo de leche,
y algo de cariño, por un momento pensó que estaba salvada, pero la anciana, no
tenía intención de acogerla en su hogar, demasiado mayor, le decía a Katy,
mientras esta la miraba con su más tierna mirada, la anciana acariciaba su
cabeza y su cuerpo, al ronroneo de Katy.
Con ánimos y fuerzas recuperadas, siguió su búsqueda
de un nuevo hogar, de una nueva compañía, le dolían hasta los huesos del alma
que no tenía, pero gracias al vendaje y el buen hacer de aquella anciana, podía
aguantar. Se acostó entre algunos cartones y se durmió. De pronto algo la
despertó, era un maullido, no era ella, era otro gato, siguiendo aquel sonido,
se acercó hasta comprobar que se trataba de otro gato, se miraron, ronronearon
y de alguna manera el entendió que ella estaba sola y perdida, así pues el
decidió que la acompañaría. Se echaron definitivamente a dormir con el calor
que se daban mutuamente.
Al llegar la mañana, ambos se pusieron a caminar, el
hambre les hacía mella, así pues empezaron a rebuscar entre las basuras algo
que comer, pero no hubo suerte, un poco más adelante, encontraron un bar donde
había otros gatos callejeros, los cuales no vieron con buenos ojos que aquellos
dos intrusos se unieran al festín, pronto se inició una pelea entre todos, y
Katy decidió dejar de lado esa comida, y seguir sola su camino, le quedaban
pocas energías, y estaba muy hambrienta, cuando ya todo parecía perdido, callo
desvanecida al suelo, justo a los pies de una joven, aquella joven, al ver
aquella gata, tan mal se le encogió el corazón, rápidamente se la llevó a que
la dieran de comer y curaran sus heridas, aquel día, la vida de aquella joven
cambio, jamás había tenido un gato en su casa, pero ahora, al ver aquel pobre
animal, algo se despertó en ella. Años más tarde monto su propia casa de
acogida para gatos, para que jamás le falte ninguno nada y es la mayor
defensora del planeta de los gatos…
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