Como cada mañana, Antonia se
levantó de la cama. Miro con cierta nostalgia a su marido aún dormido, había
cambiado mucho en las últimas semanas. Ambos superaban ya los 80 años.
Demasiados tal vez juntos, pensaba ella. A pesar de eso, ella lo quería todavía.
Una vez más lo volvió a mirar. Dormía plácidamente.
Resignada se levantó de la cama.
Sus ojos no pudieron evitar fijarse en una foto que tenía encima de la cómoda.
Era la foto del día de su boda. Una foto antigua en blanco y negro. Abrazándola
recorrió con la mirada toda la habitación. A su derecha vio las cortinas color
salmón, esas que tanto detestaba su marido. Tras ella una ventana la enfrentaba
a la cruda realidad de la calle. Calle, por otro lado, que hacía semanas que no
pisaba. Justo a su izquierda la puerta. Puerta que llevaba al salón. Salón
donde tantos momentos había compartido con su marido y sus hijos. Hijos que no
la abandonaban y a menudo iban a verla. Una sonrisa de felicidad se dibujó en
su viejo y arrugado rostro. Rostro vencido por el paso de los años y años de
recuerdos buenos y no tan buenos.
Mientras se calentaba un vaso de
leche, pensaba que le podía suceder a su marido, para que en estas últimas
semanas no le dirigiera la palabra. Por más que le preguntaba qué le pasaba,
éste ni tan siquiera la miraba a la cara. Por más que rompía a llorar delante
de él, éste no hacía gesto ninguno. Debía estar muy enfadado con ella para eso.
Manolo que siempre había sido un hombre cariñoso y bueno, llevaba semanas que
era distinto.
Se sentó en la mesa con su vaso
de leche y una magdalena. Mojo su magdalena en el vaso de leche y ledio un
bocado. Los recuerdos la perseguían. Mientras bebía de su vaso de leche se
percató que su marido estaba ya sentado en su butaca. En silencio. Antonia le
había ya preparado como cada día el desayuno. Pero Manolo no probó bocado. Le
encendió la tele y le puso su canal favorito. El de siempre, el de todos los
días. El de los deportes. Manolo permanecía en silencio durante todo el día.
Todos los días de estas últimas semanas. Así hasta llegar la noche, en que ella
se iba a la cama, pensó que debía estar durmiendo muy bien, pues nunca lo
sentía acostarse.
Sonó el timbre. Era su hija,
Julia. Julia era su única hija, tenía un hijo David. Pero quien más iba a verla
era Julia. David...solía enfadarse con su madre.
-Buenos días hija. -saludó con
voz triste. Se alegraba al verla. Antes no iba tanto a verla, pero en las
últimas semanas, algo debía haber cambiado, pues la visitaba casi a diario.
-Buenos
días mamá. ¿Cómo estás hoy?
-Como
siempre hija, como siempre. -respondió poco animada.
-¿Qué
pasa mamá? -preguntó la hija temiendo oír la respuesta.
Antonia no contestó. Se dio la
vuelta. Agachó la cabeza y se puso a llorar.
-No sé qué le pasa a tu padre
hija. No sé qué le he hecho... yo siempre he sido una buena esposa. Y ahora me
ignora...ya no sé qué hacer hija... -respondió llorando.
Pero Julia no sabía qué hacer.
Llevaba así ya varias semanas. No sabía que decirle...
-Mamá, por favor. Ya hemos
hablado de esto. No puedo todos los días enfrentarme a la misma pregunta. -dijo
indignada.
-No sé para qué me preguntas si
luego te enfadas...
-¿Y qué quieres que haga mamá?
Siempre estás igual. Por más que digo las cosas no me crees o no me escuchas. Sé
que te sientes sola y lo echas de menos. Pero tienes que seguir adelante. David
y yo estamos muy preocupados por ti. Le haces la comida, le pones la tele como
si aún estuviera aquí. Estamos sufriendo por ti mamá. Debes de dejar de hacer
esas cosas.
-¿Qué dices hija? -Yo sólo te
dicho que no sé porque no me habla tu padre, se pega todo el día ahí sentado...
-Será mejor que dejemos el tema
o acabarás con mi paciencia. Te he traído comida. Lo que me pediste. Voy a
limpiar un poco y organizar cosas. Si quieres puedes quedarte en el sofá. Menos
mal que limpio a diario...sino estaría eso fatal. Hazme el favor de sentarte y
te relajas un poco.
-No quiero quedarme en el salón.
Me hace sentir mal tu padre. Ahí quieto...en silencio...
-Basta mamá. Te prohíbo que me
sigas hablando de papá. Y menos de esa manera. Papá siempre te quiso más que a
nadie.
-Si. Pero ha cambiado. Ya no me
quiere. Míralo nos está oyendo gritar y le da igual. Llévame a casa contigo. Me
siento como si viviera sola.
-Voy a llamar a tu hijo, no
puedo soportar más esto. Sabes, mejor no. Me marcho. No soporto verte así mamá.
Lo hemos intentado los dos pero tú no quieres escuchar. Estoy cansada no sé cómo
decirte que papá no está en el salón. Se fue mamá. Hace varias semanas ya y tú
no lo quieres ver y yo estoy sufriendo porque te quiero mamá.
-¿Cómo que no está? Si lo estoy
viendo hija. Me estás asustando...-tras decir eso comenzó a llorar...
-Mamá por favor mírate al
espejo. Dime que ves.
Antonia se miró en el espejo de
su habitación. Se veía aún más vieja y cansada. Pero algo le llamo su atención:
su vestido. No entendía porque llevaba últimamente el mismo. De pronto
un terrible recuerdo se apoderó de todo su ser. Presa del miedo a lo que estaba
pensando, corrió lo más rápido que sus ancianas piernas se lo permitían, hasta
el salón. Miro varias veces al lugar donde momentos antes estaba su marido.
Estaba vacío.
Unas lágrimas suaves salieron de
sus mejillas. No había dolor, sólo tristeza. Por fin comprendió porque ya no la
hablaba. Por fin entendió porque nunca comía, es estas últimas semanas y porque
nunca le escuchaba al acostarse. Es que por fin recordó que hacía ya varias
semanas que su marido se había marchado...de este mundo.
Se abrazó a su hija y le pidió
perdón...Se sentía idiota...estaba tan unida a él, que no podía aceptar la idea
de su muerte.
-Tranquila mamá...ya pasó todo.
Este donde este papá ahora es feliz. -le dijo su hija para consolarla.
Aquella frase...le dibujó una
sonrisa en su anciana cara...y le iluminó los ojos pensando en la idea que la
estará observando. Y que además está segura que siempre cuidará de ella.
-Adiós...nos vemos pronto
cariño... -fueron las palabras de despedida que Antonia pronunció...
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