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01 septiembre 2013

Una relación acabada

Como cada mañana, Antonia se levantó de la cama. Miro con cierta nostalgia a su marido aún dormido, había cambiado mucho en las últimas semanas. Ambos superaban ya los 80 años. Demasiados tal vez juntos, pensaba ella. A pesar de eso, ella lo quería todavía. Una vez más lo volvió a mirar. Dormía plácidamente.

Resignada se levantó de la cama. Sus ojos no pudieron evitar fijarse en una foto que tenía encima de la cómoda. Era la foto del día de su boda. Una foto antigua en blanco y negro. Abrazándola recorrió con la mirada toda la habitación. A su derecha vio las cortinas color salmón, esas que tanto detestaba su marido. Tras ella una ventana la enfrentaba a la cruda realidad de la calle. Calle, por otro lado, que hacía semanas que no pisaba. Justo a su izquierda la puerta. Puerta que llevaba al salón. Salón donde tantos momentos había compartido con su marido y sus hijos. Hijos que no la abandonaban y a menudo iban a verla. Una sonrisa de felicidad se dibujó en su viejo y arrugado rostro. Rostro vencido por el paso de los años y años de recuerdos buenos y no tan buenos.


Mientras se calentaba un vaso de leche, pensaba que le podía suceder a su marido, para que en estas últimas semanas no le dirigiera la palabra. Por más que le preguntaba qué le pasaba, éste ni tan siquiera la miraba a la cara. Por más que rompía a llorar delante de él, éste no hacía gesto ninguno. Debía estar muy enfadado con ella para eso. Manolo que siempre había sido un hombre cariñoso y bueno, llevaba semanas que era distinto.

Se sentó en la mesa con su vaso de leche y una magdalena. Mojo su magdalena en el vaso de leche y ledio un bocado. Los recuerdos la perseguían. Mientras bebía de su vaso de leche se percató que su marido estaba ya sentado en su butaca. En silencio. Antonia le había ya preparado como cada día el desayuno. Pero Manolo no probó bocado. Le encendió la tele y le puso su canal favorito. El de siempre, el de todos los días. El de los deportes. Manolo permanecía en silencio durante todo el día. Todos los días de estas últimas semanas. Así hasta llegar la noche, en que ella se iba a la cama, pensó que debía estar durmiendo muy bien, pues nunca lo sentía acostarse.

Sonó el timbre. Era su hija, Julia. Julia era su única hija, tenía un hijo David. Pero quien más iba a verla era Julia. David...solía enfadarse con su madre.

-Buenos días hija. -saludó con voz triste. Se alegraba al verla. Antes no iba tanto a verla, pero en las últimas semanas, algo debía haber cambiado, pues la visitaba casi a diario.

-Buenos días mamá. ¿Cómo estás hoy?

-Como siempre hija, como siempre. -respondió poco animada.

-¿Qué pasa mamá? -preguntó la hija temiendo oír la respuesta.

Antonia no contestó. Se dio la vuelta. Agachó la cabeza y se puso a llorar.

-No sé qué le pasa a tu padre hija. No sé qué le he hecho... yo siempre he sido una buena esposa. Y ahora me ignora...ya no sé qué hacer hija... -respondió llorando.

Pero Julia no sabía qué hacer. Llevaba así ya varias semanas. No sabía que decirle...

-Mamá, por favor. Ya hemos hablado de esto. No puedo todos los días enfrentarme a la misma pregunta. -dijo indignada.

-No sé para qué me preguntas si luego te enfadas...

-¿Y qué quieres que haga mamá? Siempre estás igual. Por más que digo las cosas no me crees o no me escuchas. Sé que te sientes sola y lo echas de menos. Pero tienes que seguir adelante. David y yo estamos muy preocupados por ti. Le haces la comida, le pones la tele como si aún estuviera aquí. Estamos sufriendo por ti mamá. Debes de dejar de hacer esas cosas.

-¿Qué dices hija? -Yo sólo te dicho que no sé porque no me habla tu padre, se pega todo el día ahí sentado...

-Será mejor que dejemos el tema o acabarás con mi paciencia. Te he traído comida. Lo que me pediste. Voy a limpiar un poco y organizar cosas. Si quieres puedes quedarte en el sofá. Menos mal que limpio a diario...sino estaría eso fatal. Hazme el favor de sentarte y te relajas un poco.

-No quiero quedarme en el salón. Me hace sentir mal tu padre. Ahí quieto...en silencio...

-Basta mamá. Te prohíbo que me sigas hablando de papá. Y menos de esa manera. Papá siempre te quiso más que a nadie.

-Si. Pero ha cambiado. Ya no me quiere. Míralo nos está oyendo gritar y le da igual. Llévame a casa contigo. Me siento como si viviera sola.

-Voy a llamar a tu hijo, no puedo soportar más esto. Sabes, mejor no. Me marcho. No soporto verte así mamá. Lo hemos intentado los dos pero tú no quieres escuchar. Estoy cansada no sé cómo decirte que papá no está en el salón. Se fue mamá. Hace varias semanas ya y tú no lo quieres ver y yo estoy sufriendo porque te quiero mamá.

-¿Cómo que no está? Si lo estoy viendo hija. Me estás asustando...-tras decir eso comenzó a llorar...

-Mamá por favor mírate al espejo. Dime que ves.

Antonia se miró en el espejo de su habitación. Se veía aún más vieja y cansada. Pero algo le llamo su atención: su vestido. No entendía porque llevaba últimamente el mismo. De pronto un terrible recuerdo se apoderó de todo su ser. Presa del miedo a lo que estaba pensando, corrió lo más rápido que sus ancianas piernas se lo permitían, hasta el salón. Miro varias veces al lugar donde momentos antes estaba su marido. Estaba vacío.

Unas lágrimas suaves salieron de sus mejillas. No había dolor, sólo tristeza. Por fin comprendió porque ya no la hablaba. Por fin entendió porque nunca comía, es estas últimas semanas y porque nunca le escuchaba al acostarse. Es que por fin recordó que hacía ya varias semanas que su marido se había marchado...de este mundo.

Se abrazó a su hija y le pidió perdón...Se sentía idiota...estaba tan unida a él, que no podía aceptar la idea de su muerte.

-Tranquila mamá...ya pasó todo. Este donde este papá ahora es feliz. -le dijo su hija para consolarla.

Aquella frase...le dibujó una sonrisa en su anciana cara...y le iluminó los ojos pensando en la idea que la estará observando. Y que además está segura que siempre cuidará de ella.

-Adiós...nos vemos pronto cariño... -fueron las palabras de despedida que Antonia pronunció...


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