Estando allí frente a frente,
observo su rostro cansado. Tenía la mirada de una niña pequeña, dulce e
inocente. A pesar que no sentía nada más que cariño, algo en esa mujer le atraía.
Tal vez eran sus ganas de vivir o tal vez solo era esa infinita mirada… Una
larga melena rubia mal recogida permitía que destacaran sus ojos, su mirada…
Dicen que los ojos son el espejo
del alma, pues cada vez que veía su alma veía lo mismo: Una dulce y pequeña
niña atrapada en un cuerpo de mujer. Veía alegría y a la vez soledad.
Su sonrisa siempre presente era
capaz de derretir el más grande de los icebergs. Su risa era su seña de
identidad, cuando no reía no era ella. Un bello y esbelto cuerpo era el soporte
para tan bellas características. Tal vez moldeado por un escultor se le
antojaba. O tal vez pactado con el rey de los infiernos, hacía que los hombres
calvaran su mirada con los ojos abiertos de par en par.
Su voz sin duda era cálida y
dulce, años atrás hubiera encontrado la calma en ella. Era tal el placer de oír
su voz, que cuando callaba tenía que imaginarla.
Su piel tatuada por heridas de
batallas, batallas que no busco pero que encontró. Su sola presencia en algún lugar
invitaba disimuladamente a mirarla, contemplarla, admirarla…
Una mujer luchadora, guerrera
pero pacifista, niña y mujer a la vez…
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