Translate

03 julio 2013

Manuela

A diario,  pasaba por aquella iglesia de su pueblo. Manuela con 54 años de edad, era considerada una buena mujer, pero infeliz. Su vida estaba llena de desgracias. Su único hijo ya se había casado y marchado de casa hacia ya casi tres años. Quizá fue esa soledad, ya que hacia casi una década que se quedó viuda, la que la empujó de nuevo a la idea de ir de nuevo a la iglesia.
 
Cada vez que había pasado por delante había sentido la tentación de entrar. Aquella mañana una vez más, sintió el deseo de entrar. Se situó frente a la puerta. Sabía que estaba abierta, pero...dudaba si era buena idea entrar. Tras mucho pensarlo, se decidió a entrar.
Una vez dentro, se presignó mojando sus dedos en el agua bendita de la pila. Pudo contar hasta tres mujeres más rezando en los banquillos de aquella iglesia del siglo XVI. Delante de ella el altísimo. Lo miró...muy fijamente...había tanto dolor en su alma que le fue imposible derramar alguna lágrima, que por supuesto seco rápidamente sacando un pañuelo del bolso.
 

Antes que el párroco pudiese verla, tomó asiento. Espero pacientemente a que la iglesia se quedará vacía y se aseguró que el Padre José le viera entrar en el confesionario. Al verla, éste, dejó todo lo que estaba haciendo y a paso calmado se dirigió hacia el confesionario.
 
El Padre José, un hombre ya anciano con sus 75 años de edad, llevaba al cargo de esa iglesia más de 50 años. Durante esos años había visto crecer y marcharse a muchísimos de sus feligreses, la mayoría los había casado él. Incluso había bautizado a muchos hijos de esos matrimonios. Era un hombre de fe, noble, paciente, bondadoso. Lleno de amor. Reconoció rápidamente a Manuela, no iba por allí hacia años pero eso no impidió que reconociera el dolor  en sus ojos.
 
Entró al confesionario en silencio y espero pacientemente a que Manuela diera el primer paso. Manuela por su parte, ya sabía que el Padre José estaba dentro, pero no sabía cómo empezar. Bueno claro que sabía, era sólo que ahora ya no estaba segura de querer dar ese paso. Pensó que era tarde, así que comenzó...
 
-Ave María Purísima. -dijo Manuela.
 
-Sin pecado concebida. ¿En que puedo ayudarla, hija mía? -respondió con voz sosegada aquel viejo párroco.
 
-Quisiera confesarme Padre.
 
-Adelante hija, no tengas miedo. Te escucho.
 
-Yo... -intento hallar las palabras, pero sus ojos y sus lágrimas se lo impedían. Finalmente continuó. -Me han violado.
 
-¡Por dios bendito! ¿Quién le ha hecho algo así?
 
Durante varios minutos se hizo el silencio en el confesionario. Manuela lloraba en silencio, por los recuerdos. Rota de dolor... El Padre José por su parte intentaba hallar palabras para consolar a Manuela. No era algo habitual y tampoco era el lugar. Pero allí estaba y necesitaba ayuda.
 
-Hija mía...sabes que puedes decirme quién te ha hecho eso. El secreto de confesión siempre está presente. Deberías ir a la policía. Yo puedo acompañarla cuando cierre aquí.
 
-No serviría de nada, ocurrió hace mucho tiempo ya... -dijo resignada.
 
-¿Pero porqué ha tardado tanto?¿Porque no lo denunció?
 
-Porque nadie me hubiera creído. Me violaron, abusaron de mí porque tenía 9 años.
 
-¡Dios bendito! ¿Que clase de persona hace eso a una niña?
 
-¡Un demonio Padre!
 
-No comprendo nada, ¿fue su padre? ¿Algún familiar quizá? No se que puedo hacer...
 
-¿Ya lo ha olvidado Padre José? -preguntó con ira.
 
-¿O...olvidar? Me desconcierta hija mía. Soy mayor pero, no olvidaría jamás sí me lo hubiera contado...
 
-¿Contar? Nunca se lo he contado. -El tono de su voz se fue endureciendo cada vez más. Hasta acabar gritando.
 
-Calma hija mía... ¿No entiendo de que me está hablando?
 
-Lo ha olvidado... ¡Usted me violó, usted abusó de mí! Era una niña, ¡Hijo de puta!
 
Aquellas palabras atravesaron el corazón del párroco como si fuera una bala de plata... Él no podía haber hecho tal cosa, él no...podía...recordarlo...y de repente deseo estar muerto. Enterrado. Que todo fuese una pesadilla...
 
Con las rodillas temblando se puso  en pie, estaba nervioso. Asustado. Había olvidado durante años, lo que hizo. Se sintió un demonio mientras salía del confesionario. Se tambaleaba de un lado a otro, se sentía mareado. Tenía que ser una pesadilla. Cayó de rodillas ante el Cristo. Suplicó perdón. En ese momento Manuela apareció detrás de él. Lo miraba fijamente con lágrimas de rabia y dolor. José se giró hacia ella. Le suplicaba perdón, piedad.
 
-Me pide que le perdone...¿Me hizo caso mientras me bajaba las bragas? ¿Y yo le rogaba que parase?
 
-Pare por favor...-susurro con dolor.
 
-¿Paro usted Padre, cuando le pedí que no metiera sus dedos en mi sexo? Le rogué que parase ¡pero mis ruegos me los violaba!
 
-Por dios bendito, pa...pare...por nuestro padre Jesús...se lo  imploró... -Por más que quería su cuerpo no le permitía ponerse en pie. Estaba débil...herido...
 
-Implorar... -dijo con lágrimas derramadas sobre el párroco... 

-¿Como de atreve a mencionar a Jesús? ¡lÉl dio la vida por nosotros! Como se atreve... ¿Que hizo usted mientras introducía su miembro  en mi maldito pederasta? Mientras lloraba y sangraba desgarrada por dentro toda mi alma... Aquí, si, aquí mismo fue, en su despacho lejos de la mirada de nuestro señor...pero no de la de Dios. ¡Conteste! ¿Que hizo cuando me arrancaba la vida y yo le pedía que parase que me dolía mucho?

-Yo...era muy joven...29 años, era egoísta y se ...se lo juro...estoy arrepentido. Aquella figura a Manuela le resultaba patética, ya no era más que un anciano...y estaba agarrado a su pierna implorando perdón.
 
-¿Sabe cuantas noches me he despertado aterrorizada por su culpa? ¿Sabe cuánto he llorado en silencio? ¿Y cuantas veces he deseado verle muerto?
 
El Padre José se puso  en pie, con las pocas fuerzas que le quedaban. Se dio media vuelta dándole la espalda a Manuela. Miró fijamente aquél crucificado...
 
-Padre Nuestro....que estas en los cielos...Padre, te lo suplico haz justicia, llévame al infierno...¡Ahora! ¡Hágase....tu voluntad...así en la tierra...! Llévame oh todo poderoso, he mancillado tu nombre, no soy digno...de...llevar esta iglesia...-termino cayendo sobre sus brazos rompiendo a llorar.
 
Manuela, permanecía quieta, lo odiaba pero verlo ahí derrotado, no era tan malvada. Se dirigió hacia, le puso la mano el hombro y me dijo:
 
-Yo te absuelvo de tus pecados Padre, en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén. Estas perdonado.
 
Tal y como dijo eso una paz invadió su alma, seguía dolida pero en paz. Salió por la puerta dejando al Padre José llorando en el suelo ante Jesús. Meses más tarde, llegó a sus oídos que dejaba la diócesis...

No hay comentarios:

Publicar un comentario